No renunciamos a la idea de que hay tantos mundos como personas, tantos dioses como genitales y tantas realidades como rostros. Cada quien con su mundo y cada quien con su dios. Lo sorprendente, es que realmente creemos compartir el significado de las cosas y que, con cohabitar una misma cultura, ciudad o familia, o con hablar el mismo idioma, somos capaces de leer y comprender al otro. Pero el significado de las palabras dichas y de las que no-se-dicen, el modo en que las articulamos, los códigos del alma, la mente y el espíritu, no se transmiten, ni mucho menos se reciben, como originalmente se pretende.
Se alude aquí a las fibras básicas, que se tienen por evidentes, en el pensamiento colectivo; a los principios sociales, que mal se tienen por pre-aprehendidos. Es esa supuesta normalidad y naturalidad del todo, la que nos jode en colectivo: porque se nos olvida que estamos hechos de olvido.
De ahí que en las calles, periódicos, y en el show de la cotidianidad se aspecte tanta intolerancia e incapacidad de escucha; más aún, en una sociedad como la nuestra -la colombiana-, que dibuja un golpeado recorrido histórico lleno de rígidos contrastes y duotonalidade. Acaso el que no es como yo, el que no piensa como yo, no siente como yo ¿es mi enemigo?, y por eso ¿le temo?, ¿lo evito?, ¿lo anulo?, ¿lo suprimo?
Con la humilde intensión de consignarlo, voy a recordarme que 2 ó más personas pueden pararse frente a la misma obra de arte y tener diferentes percepciones; la misma canción que, dependiendo del oído se traduce en lágrimas, tranquilidad, éxtasis, alegría, o indiferencia… Compartimos una misma situación, pero vivimos y sentimos cosas diferentes.
La 'Diferencia' es una fiesta: es la promesa que se nos hace de afrontar situaciones inevitables, en las que se conmemora el acto involuntario de enfrentar horizontes de sentido diferentes al propio; es la necesidad que define la presencia del Otro en la vida individual, como un llamado a persuadir y a negociar sus significados de mundo, en los que cohabito y aquél cohabita; es el reto que le queda a la especie de construir sociedades, pensándose a través de los demás (complementariedad), más, en un contexto homogenizante como el actual. La diversidad aporta el color, el estallido de sabor y dinamismo, la pluriculturalidad y la satisfacción de sabernos ‘diferentes’. En la diferencia se encuentra la convergencia, y se genera la necesidad de comulgar en torno a objetivos comunes.
Por sabernos diferentes, aprendimos a comunicarnos, nace la palabra, el diálogo y la retórica. Por sabernos diferentes nos encaminamos en largos laberintos de sentido, donde nuestra única herramienta de supervivencia son los principios y valores inquebrantables que hayamos elegido por propios, como personas, como ciudadanos, como patriotas y como habitantes del mundo.
Por tanto, nadie tendrá suficiente razón para dar respuestas; no habrá un dios mejor que otro, ni creencias, hábitos y culturas más reales que otras. Simplemente, los universos de sentido seguirán esperando a ser desentrañados, y no se tratará de quién tiene más razón que quién, pues tampoco hay identidades más válidas que otras; habrán sí, estereotipos legitimados, y modelos pre-aprehendidos e impuestos por la sociedad hegemónica en curso, pero nunca verdades reveladoras, ni tampoco mentiras absolutas. Todo será una cuestión de interpretación, de óptica y de plataforma; todo se relativizará según los lentes en los que me soporte para ver el mundo.
Que embrollo es éste, el de la interpretación. En la porción que me fue dada, y que me queda, mis lentes son los tuyos, y acudo a ti esperando un atisbo, porque finalmente, eres el espejo en el que me veo y en el que mis palabras cobran sentido cuando las lees. (Puntos suspensivos)




