Parece que no renunciamos a la idea de que hay tantos mundos como personas, tantos dioses como genitales y tantas realidades como ojos. Cada quien con su mundo y cada quien con su dios… Lo sorprendente, digo, es que realmente nos creemos el cuento de que compartimos el significado de las cosas y que, con cohabitar una misma cultura, ciudad o familia, o con hablar el mismo idioma, somos capaces de leer y comprender al otro. Pero el significado de las palabras dichas y de las que no-se-dicen, el modo en que las articulamos, los códigos del alma, la mente y el espíritu… no se transmiten, ni mucho menos, se reciben, como originalmente se quiere. Se alude aquí a las fibras básicas, que se tienen por evidentes, en el pensamiento colectivo, y a los principios sociales, que mal se tienen, por pre-aprehendidos; es esa supuesta normalidad y naturalidad la que nos jode en colectivo, porque se nos olvida, que estamos hechos de olvido. De ahí que en las calles, periódicos, y en el show de la cotidianidad se aspecte tanta intolerancia e incapacidad de escucha; más aún, en una sociedad como la colombiana, que dibuja un golpeado recorrido histórico lleno de rígidos contrastes, duotonalidades y contrarios: acaso el que no es como yo, no piensa como yo, no siente como yo (99.999 %) ¿es mi enemigo?, y por eso ¿le temo?, ¿lo evito?, ¿lo anulo?, ¿lo mato? Con la humilde intensión de consignarlo, voy a recordarme que se puede estar frente a la misma obra de arte y tener diferente percepción; la misma canción que, dependiendo del oído se traduce en lágrimas, tranquilidad, éxtasis, alegría, o indiferencia… Compartimos una misma situación, pero vivimos y sentimos cosas tan diferentes al respecto…
La 'Diferencia' es una fiesta: es la promesa que se nos hace de afrontar situaciones inevitables, en las que se conmemora el acto involuntario de enfrentar horizontes de sentido diferentes al propio; es la necesidad que define la presencia del Otro en la vida individual, como un llamado a persuadir y a negociar sus significados de mundo, en los que cohabito (y visceversa); es el reto que le queda a la especie de construir sociedades, pensándose a través de los demás (complementariedad), más, en un contexto homogenizante como el actual, la diversidad aporta el color, el estallido de sabor y dinamismo: la pluriculturalidad y la satisfacción de sabernos ‘diferentes’. En la diferencia se encuentra la convergencia, y se genera la necesidad de comulgar en torno a objetivos comunes. Por tanto, la diferencia es la cuna de la comunicación, de la palabra, del diálogo y de la retórica, y nos ubica frente a largos laberintos de sentido, en los que por única arma nos tenemos a nosotros mismos. Y nadie tendrá suficiente razón para dar respuestas; no se hable pues de un dios mejor que otro, o de creencias, hábitos y culturas, mejores que otras. Para estos ámbitos no cabe la comparación, porque difícilmente se tendrá comprensión de las partes: los universos de sentido seguirán ahí, esperando a ser desentrañados, y no se tratará de quién tiene más razón que quién, ya que no hay identidades más válidas que otras; habrán sí, estereotipos legitimados, y modelos pre-aprehendidos e impuestos por la sociedad hegemónica en curso, pero nunca verdades reveladoras, ni tampoco mentiras absolutas. Todo será una cuestión de interpretación… de óptica, de plataforma; todo se relativizará según los lentes en los que me soporte para ver el mundo. Que embrollo es éste, el de la interpretación. En la porción que me fue dada, y que me queda, mis lentes son los tuyos, y acudo a ti esperando un atisbo, porque finalmente, eres el espejo en el que me veo y en el que mis palabras cobran sentido cuando las lees. (Puntos suspensivos)


